En mi casa hay elefantes escondidos.
Una trompa en la tina,
una oreja en el estudio,
uno colmillo en el jardín,
y uno nadando en el café
que voy matando a sorbitos.
Se cuelgan de mi espalda,
como niños,
doblándome de rodillas,
o en estampida por mi pecho
corren diminutos.
En la noche lloran muy callados
y no hay mano que acaricie
la rugosidad de sus cabezas.
Cuando mueren mis elefantes
no hay pala que los entierre.
Mueren de la tristeza
que pesa sobre sus lomos.
Siento un gran rumor de sentimientos. Gracias.
ResponderEliminarMe encantó realmente tu poema
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