Alma,
llamaban a la vaca que entregó su piel,
y aunque fuera ella de un negro profundo,
se tiñó de rojo.
No fue de rojo demonio,
ni rojo colérico,
ni tampoco rojo volcán.
Escogió el rojo que más fuerza tiene:
El mismo con el que se pintan en la frente
las mujeres africanas,
para proteger del mal de ojo
a todo aquel que calzara esos zapatos.
Era el mismo rojo que buscaban los alquimistas
para llegar al imposible oro,
consiguiendo que el mortal
que se atreviese a llevar en sus pies
la piel de Alma,
se convirtiera en un guerrero.
Poseído por la misma calidez del hocico
y ternura sin tiempo con la que ella amamantó su becerro,
un embajador de la abundancia
y de la conexión con la tierra,
del cielo y del infierno, de todo lo que somos.
Solo alguien así podría llevar esos zapatos.
Y resultó que fue una hembra,
con los ojos bien abiertos
igual que Alma,
quien en la pasarela de la vía láctea
los descubrió.
Y al portarlos, fue poseída
por el mismo encanto hipnótico
que sufre un joyero
que descubre en un basurero una joya.
Ella, la hembra, no pudo ser la misma,
desde que esos zapatos
que no son de cualquier rojo,
pero si de tacón alto,
se quedaron a vivir en su armario.
Y está por enterarse
que cuando se viste de guerrera,
le da altura a esos sueños de Alma,
de un potrero donde las tetas no duelan,
porque el ternero se queda,
que no es otra cosa que justicia.
lunes, 17 de febrero de 2020
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