MI FERVIENTE ADRIANO
“y
si no hubiera Olimpo para ti, mi amor,
te
erigiría uno donde el único dios fueses tú,
y yo
tu único adorador, feliz de ser
tu
único ferviente a través del infinito”.
Dice
Adriano en Antínoo de Fernando Pessoa
Traductor.
Hernán Vargascarreño.
I
Cuando vienes a mi lecho
con los ojos
cansados de la guerra,
un niño se despierta en ti
y busca
al abrigo de mis brazos,
entonces
mis manos te acarician
lentamente
hasta mitigar tu fatiga.
El deseo nace pronto.
En éxtasis: se busca, se permite.
Nuestros labios se funden
vigorosos e insaciables
como si fuera
el último intento
para espantar los presagios.
II
Amo de ti:
tu rostro adusto
cuando entras en mi estancia,
ese cuerpo firme
en la morbidez de los años,
esa mirada
febril, cómplice, íntima
cuando pasas a caballo,
esa virilidad
cuando acaudillas generales.
Amo
sentirte mío
y a la vez ajeno
cuando
el imperio te reclama.
III
Me acongoja pensar
que este amor insaciable
te maldiga y te condene al dolor,
que este amor enfermizo
te lleve al fracaso.
Profiero desaparecer ahora
que apenas empiezo a entender
el misterio de la vida.
IV
Mi ferviente Adriano:
desde hoy
dirigirás a Roma
sin el lastre de un efebo
que dejó de serlo para siempre.
Antínoo de Bitinia
Antinoópolis Río Nilo, 30 de octubre
130 D.C.
COLOFÓN
¿Antínoo era un iluminado? Igual
que Osiris murió ahogado en la crecida sagrada del Río Nilo. Desde ese día su
imagen fue divinizada, se le podía
elevar plegarias y pedir milagros. ¿Este sacrificio lo convirtió en un héroe? ¿Valió
la pena asestar a Adriano ese infame dolor?
No es tarde para que, después de
más de cien esfinges, de una veintena de
templos y de una ciudad creada en su nombre, Antínoo, hijo notable de
Claudiópolis-Bitinia (Comarca que hoy pertenece a Turquía), empiece a hablar
por sí mismo.
(Adriano, cayó en una profunda
melancolía y sobrevivió ocho años al suicidio de Antínoo)
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