PEPE TORCAZA
(Ella se durmió
en la orilla.
Tú en la cumbre
de una rama.)
Se equivocó la
Paloma. Rafael Alberti
|Pepe se para en mi
ventana|
|Pepita espera mientras
mira|
Sin decir, ellos nos dicen
cosas.
Susurran en lenguaje de
gestos
y sisean con sus plumas
magas
Su cucú sin soslayos me
fabula
la libertad de vivir como
torcaza.
Dicen y redicen que me
escape
Me acucian a salir del ostracismo.
Me atrevo y alzo vuelo a su
nido.
Capítulo 1. Pepe y Pepita, desde hace un año, se aposentaron en mi casa
y la recorren como si fuera propia. Muy temprano van al comedor para que les
ponga migajas de pan y arrocito cocido. Luego, satisfechas, vuelan hasta el
árbol donde esconden sus crías. En las tardes, llegan a la ventana de mi alcoba
para invitarme a volar.
Guillermo Pulecio Corredor
Vuelo de Torcaza, 25 de
mayo 2020
Capítulo 2 - Pepe y Papita
Torcaza. Hace pocos días, trajeron las crías de su nido y se empiezan a habitar
como sus padres. Esta pandemia les trajo tres polluelos. En una de mis siestas,
los trajeron a mi ventana. Sentí que revoloteaban de un lado a otro. Y como a
cualquier animal doméstico les puse nombres: Pepitilla, Pepitillo y Pepitolla. Cuando
regresé de mi letargo se ponen como locos buscando el escape. Pepitilla tuvo la
torpeza de estrellarse contra el vidrio y calló atontada en el piso. Me levanté.
Asumo posición felina y me lancé a cogerla. Por desgracia me quedé con las
plumitas tiernas de su cola. Asustada voló y se escondió detrás de mi PC. Con más
astucia, me aproximé y de un zarpazo la tomé con la mano. La mire con dulzura
mientras ella me miraba aterrada. La besé y la llevé hasta colocarla sobre el
umbral de la ventana. Mira hacia todos lados y de pronto vuela sin cola hasta
el árbol más cercano.
Capítulo 3 – Pepe el
proveedor. Pepita se ha desentendido de los hijos. A Pepe le toca bajar más
veces a buscar el embuchado para sus hijos. Y ellos, lo esperan en la reja del jardín
para acosarlo y obligarlo regurgitar en sus picos.
Pepe el valiente, baja al piso
mientras los necios pinschers lo acechan, lo corretean y él vuela para posarse en
un rosal. Les hace fieros. Cuando se distraen, vuelve por los trocitos de maíz.
Pepe el descarado, si no
encuentra nada en el suelo y me ve sentado tomando una taza de café, se posa
sobre la mesa como quien dice “sírvame”. Desmenuzo una galleta, se la esparzo
en un plato y sin ningún melindre se sube y come hasta llenar el buche. Pica,
engulle y mira. Atento. Nunca pierde de vista los acechos.
(Ellos, como cualquier ser
o ente terrenal, tienen su propio lenguaje para comunicarse, es menester que
con ternura entablemos un diálogo con ellos de gestos, cuquidos, siseos y
palabras).
Guillermo Pulecio Corredor
Nidal de la Torcaza, 12 de
junio 2020
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