REFLEXIÓN SOBRE EL HACEDOR DE POEMAS
Agradezco la revisión de mi poema
sentimental “SIN SU RISA”, producto del recuerdo de alguien muy querido que
falleció hace tres años.
Los comentarios y sugerencias los
recibí con mucho agrado porque me parecieron oportunos y serios en este proceso
de dignificar el ejercicio creativo mediante la atención a la forma, al
contenido, al significado, al sentido, al ritmo y musicalidad del escrito
poético.
Consciente de que el idioma castellano
es uno de los más ricos de las lenguas vivas; por su léxico, la variedad en la
conjugación de sus verbos y su adaptabilidad para convivir con otros idiomas,
me propongo a reflexionar de la manera más amable sobre el ejercicio del
hacedor de poemas.
El aspirante a poeta es un sujeto
perfectamente individual que soporta la carga de la cadena del aprendizaje, una
historia, las aventuras, los sueños, una utopía, la beligerancia o apatía por
las causas humanas-sociales-políticas-planetarias. Desde esta particularidad se
enfrenta a descubrir o no los sentimientos y las vivencias propias o las
capturadas en otras fuentes del entorno existencial, para desgarrar imágenes
como preámbulos del hecho poético.
Para alguien no sensible una composición poética, son solo palabras (como dice
la canción de Silvana di Lorenzo), pero, no son palabras aleatorias, ellas son armadas
en un cierto orden para insinuar imágenes, sensaciones y fantasías; y al mismo
tiempo, captura con su magia la atención y el imaginario del lector.
Este hecho inefable en el proceso de
búsqueda de comunicación por parte del escritor, contando tan solo con adjetivos,
sustantivos y verbos, lo enfrenta a la estructuración de una filigrana con solo
palabras. En todo caso, no le queda otra alternativa a este hacedor de versos, que
enfrentar con riesgo su compromiso de utilizar bien las palabras comunes y
raras de su idioma materno. O como dice Hugo Mujica en su conferencia en “El
vaso roto” el escritor “mientras más palabras conozca más posibilidades de
dejar vibrar esa experiencia va a tener; por así decirlo, más entonaciones y
más matices del poema”.
En este punto, es preciso insistir que
en un idioma tan rico no deben existir palabras vedadas y mucho menos
encarceladas por la moda o la academia, pues, estaríamos constriñendo posibilidades
de crecimiento lingüístico y de nuevas significaciones a la expresión
literaria. Creo que no debe darnos vergüenza insinuar al lector revisar el
diccionario de vez en cuando; para, de alguna manera, confrontar la actitud
facilista a que nos ha traído la ideología de la inmediatez de nuestra sociedad
de consumo.
El ejercicio de escribir poemas debe
conducirnos a estados de lucidez, dolor, felicidad, asombro, reflexión,
misterio, misticismo, magia, fantasía, elementalidad, telúrica y Libertad. Repito,
cada escribidor comprometido, es un individuo con la posibilidad de contar sus
propias experiencias y las adoptadas de fuentes externas, tan solo con las
palabras que el uso y su nivel de ilustración le permitan expresarse.
Los primeros cánones como forma de
control de lo que se debe decir o no, de
lo que se debe saber o no, se establecieron en la biblia de los Hebreos.
Después pasaron por todas las eras de la filosofía y la estética hasta el
presente: la Era del Conocimiento. Donde todo es debatible y todo es aceptable o
deplorable dependiendo del tamiz con que se filtre el contenido filosófico,
ideológico y pragmático del objeto en estudio. O simplemente, por los acuerdos
a que se hayan llegado en un grupo de discusión. En nuestro caso el taller
literario. Así, Los cánones de belleza o estética como la moda son pasajeras, nunca
tendremos la última palabra, porque el escribiente tiene mundo aparte y punza su
realidad y le da contenido desde su filosofía de vida, sus creencias o su
utopía cultural. Es decir, la óptica con que se mira un hecho, una fantasía,
una tristeza, un triunfo, una alegría depende del creador.
Si
se puede desde cualquier escalafón de la experiencia remozar la
escritura como medio de expresión. Siempre es posible encontrar y reencontrar
en las palabras comunes y corrientes ese detonante que encienda la imaginación
y la fantasía. Quiero dejar constancia que esto es lo más importante que he
encontrado en El Traspatio del Cielo: la apertura al conocimiento y la
modelación de los ejercicios presentados al taller. El quehacer poético no es
de eruditos sino de seres sensibles; por esta razón, el taller como está
diseñado, nos permite discernir sobre las mil maneras de componer un
verso.
La “intelligentsia” tuvo
su cuarto de hora en aquellos regímenes en los cuales solo se admitía una
verdad. Esas murallas fueron derribadas por el pensamiento creativo de los
gestores de Libertad.
En este berenjenal de la sapiencia todo es mutante y
le toca al mísero poeta encontrar por su cuenta la Lámpara de Aladino que le
permita avanzar para alcanzar sus deseos de legitimidad y de gloria. Por esto,
es función de los talleres literarios sembrar en los poetas participantes esos resonantes
que coadyuven en su despertar a la poética y sobre todo entender la
individualidad de la creación artística.
Confieso que he reescrito el poema “SIN SU RISA” más
de veinte veces y aún no hallo la melodía ni las palabras que satisfagan mi
instinto creativo. Ya llamo al poema “SIN SU RISA ESTERTÓREA”. Precisamente hoy
que se cumple el tercer aniversario.
Guillermo Pulecio Corredor
El traspatio del cielo, 8 de julio de 2020
te leo
ResponderEliminargracias por estar tan atenta.
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